[ENTREVISTA Y2K] NATALIA ORTIZ MALDONADO, docente, editora de la plataforma textual Hekht, integrante de La Libre: “Los feminismos son la manifestación de una fuerza viviente”

Publicado por el 23 julio, 2019 12:02
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¿Cómo y porqué nace Hekht? ¿Cómo se vincula con el proyecto La Libre y con otros proyectos colectivos?

Hekht nace del amor a las palabras, de ese misterio que nos trama con las cosas, con algo a lo que llamamos “nosotras mismas” y del que, sin embargo, sabemos tan poco. La experiencia de las palabras suele extrañarnos, nos hacen y las hacemos, pero la magia y el poder que componen su flujo, no siempre son evidentes. Marilina Winik y yo amamos las palabras en su polimorfía, y por eso solemos decir que Hekht es una plataforma de experimentación textual, que es y no es lo mismo que decir “editorial”.

Hekht nació muchas veces, alguna de ellas de las ganas de hacer este o aquel libro, otras de la necesidad de establecer alianzas afectivas y micropolíticas. Las fechas, que siempre recortan aquello a lo que se refieren, dirían que cristalizamos en 2013. Pero hay quienes hablan del 2001 y hasta del año pasado. Risas. Hekht es una máquina de guerra en el sentido de Guattari, que es el más aguerrido de los sentidos; y también es una trinchera para desaprender el modo en que nos enseñaron que se debía trabajar, es decir, una trinchera de desalienación donde nos preguntamos cómo no precarizarnos (aún más), cómo no reproducir estrategias masculinistas, cómo no hechizarnos con las narrativas del yo. Y Hekht también es un proyecto intelectual y micropolítico de quienes la habitamos y que, como tal, extiende sus tentáculos a través de geografías muy diversas, espacios frágiles, aulas universitarias, grupos y talleres de lectura… Iconoclasias.

Hemos ido tramándonos con otros proyectos, entre ellos con el de la librería La Libre, que es una cooperativa de librerxs, lectorxs y amadorxs de libros, que partió de las ganas de Simón Ingouville y Darío Semino, muy cerca del movimiento de editoriales independientes y de la experiencia de la Feria de Libros Independientes y Autogestivos (FLIA). La Libre es un territorio-librería nacido antes que Hekht, si aún creemos en las fechas, y que no deja de mutar desde entonces. Es un tesoro ácrata en una ciudad policial, un menjunje deseante, conflictivo y amable, como casi todo organismo viviente.

 

¿Hay un gran tema o conjuntos de temas que funcionen como columnas vertebrales o nodos conceptuales en la editorial?

Un libro no es diferente del modo en que está hecho, repetimos como un mantra cada vez que encontramos un texto, le buscamos una imagen (por general, junto a Soledad Tordini), organizamos los talleres (con Bárbara Bilbao), o pensamos los modos en que ese texto hecho libro llegue a otrxs (de la manita de Sabrina Winik). Los libros que hacemos son libros que nos hablan, en primer lugar a nosotras, libros que nos inquietan de algún modo, que nos interpelan vital o intelectualmente.

Si somos muy sensibles a lo que nos pasa como fragmentos entre fragmentos, es altamente probable que lo que hagamos logre conectar con otrxs, ese es nuestro criterio editorial más importante. Venimos de y vamos hacia los feminismos y las experiencias libertarias, pero esos no son nodos conceptuales, exceden muchísimo los criterios que gobiernan los anaqueles de las bibliotecas, son prácticas que nos hacen ser esto que estaríamos siendo.

 

¿Cómo es habitar proyectos como una editorial y una librería en un contexto de recesión económica, de crisis cultural y educativa?

Nací durante la dictadura militar, en enero de 1977, en un momento de gran oscuridad, en un momento que nos sigue performando. Nuestra memoria individual y colectiva está atravesada por narrativas de la crisis, tenemos una consciencia extrema de la intemperie, de las prácticas mercantiles que silenciosamente ocupan el lugar de la estatalidad (y que nos subjetivan de maneras aún más crueles).  Quien quiere hacer algo con otrxs (una editorial, una librería, leer un libro, cocinar, quererse) aprende que las intemperies le exigirán construir una trinchera, un refugio material e inmaterial, donde poder respirar y desde el cual conspirar. El amigo Gonzalo Miranda, de la editorial Muchas Nueces, lo dice de una manera impecable: Hacer lo que hay que hacer, estar donde hay que estar. Una ética abierta a prueba de balas y cinismos.

 

Alguna vez te oí decir que el capitalismo es un sistema con la capacidad de “embrujarnos”. Vemos que Hekht tiene en su catálogo un libro sobre posibles métodos de contra-brujería (Brujería Capitalista). ¿Cómo funciona ese embrujo capitalista y cómo se puede neutralizarlo y construir realidades alternativas a su imperio de apariencia ineludible?

Si el capitalismo es un sistema brujo es porque ha logrado que creamos en él y solo en él, es porque ha logrado que se piense que no se sostiene en una creencia (jurídica, económica y sexista), y ha logrado presentarse en el imaginario colectivo como si se tratase de un conjunto de hechos irrefutables, el viejo mito de la verdad. Su embrujo consiste en expulsar lejos de lo pensable a todos los modos de vida que no sean él mismo. Su éxito consiste en presentarse ante nosotras a través de un conjunto de alternativas infernales, señalan Stengers y Pignarre en La brujería capitalista, falacias cuidadosamente construidas en la vida económica, política y cultural que captan los modos de acción y de imaginación, que delimitan lo que es posible pensar y actuar.

Encontramos alternativas infernales cada vez que nos preguntamos o se nos pregunta: ¿Prefiere que se mejore esta o aquella institución, o que se destruya todo lo conocido? ¿Aumentan las tasas e impuestos o nos quedamos sin luz, gas, teléfono? ¿Reestructurar la deuda externa o caer en el default? ¿Seguir utilizando el dinero que proviene de la destrucción de la naturaleza o perecer? El embrujo consiste en instalar un único mundo allí donde hay muchos. Pero es posible intervenir en ese encantamiento, contraembrujar, y es precisamente eso lo que hacen los feminismos, lxs originarixs, lxs ecologistas, lxs movimientos campesinxs y todxs aquellxs que impugnan con su propio modo de vida las bases de legitimación de esta hydra de mil cabezas a la que llamamos heteropatriarcado, neoliberalismo o capitalismo.

 

Ese “gobierno de las diferencias como diferencias” ¿No necesita también buscar consensos, nexos vinculantes, denominadores comunes que reúnan a los humanos como tales, más allá de los colectivos identitarios e ideológicos a los que pertenezcan?

El gobierno de las diferencias como diferencias es sobre todo el modo en que el mercado despliega sus poderes microfísicos y nos subjetiva a través de las estrategias de la identidad y de la competencia entre identidades. A su vez, es evidente que los movimientos resistenciales necesitan tramarse entre sí de alguna manera, y también es evidente que se trata de maneras nuevas, donde se trata de intervenir ante situaciones concretas más que de establecer un nuevo relato onmiargumental.

Cada situación plantea sus abismos, sus riesgos y sus potencias. Este escenario permite que una palabra como “afinidad” vuelva a ser pensable como criterio político. No se trata de consensos asamblearios ni de denominadores comunes del modo tradicional, sino del filum ético, sensible, erótico y político que moviliza un cuerpo colectivo para decir que no, para celebrar, para crear narrativas, pero también espacios concretos, acciones específicas. Hay toda una contrahistoria que podía tramarse si se prestase atención a estas acciones, si se las tomase como referencia para narrar lo que ocurre.

Hay una crisis política (y semiótica) alrededor de las identidades y de las ideologías, que llega justamente hasta la idea misma de lo humano. Esta crisis también posee riesgos y potencias. Pensar esta crisis, darle respuesta, tener una vida vivible en su interior, tiene un único requisito: dejar de insistir con los modos de pensamiento y de acción construidos alrededor del Hombre y su Cultura. Hay robots, hay algoritmos, hay vida sintiente y pensante no-humana, todos nuestros cuerpos están intervenidos por agentes técnicos y biológicos… Necesitamos pensar a la altura de ese suelo.

 

En el manifiesto de su sitio web se dice que Hekht, la diosa pagana de Asia Menor, es para ustedes un símbolo que “desestabiliza los binomios y sus poderes”. En cierta consonancia, el intelectual francés Alain De Benoist dice que el poder de los Chalecos Amarillos viene de su capacidad de aunar reclamos comunes a todos los sectores del espectro político ¿Cómo podemos alcanzar un estadío de síntesis o unión de contrarios en un momento histórico de tanta polarización y atomización?

Nuestra cultura se articula desde hace siglos de manera binormal, a partir de pares contrapuestos donde uno de los polos tiene superioridad sobre el otro: Estado/sociedad civil, hombre/mujer, público/privado, mente/cuerpo, etcétera. Se trata de construcciones simbólicas que aglutinan y simplifican lo que en la práctica es multiplicidad, transformación, movimientos, fuerzas. Cada vez que detectamos un binomio, detectamos un mecanismo de poder que se consolida y expande a través de ese modo de pensar. No creemos que se trate de síntesis o uniones de contrarios porque no existe tal cosa como lo dual, más que en el plano de los conceptos. Hombre/mujer, por ejemplo, es el modo de pensar los géneros que invisibiliza una miríada de posibilidades de las relaciones que pueden establecerse entre cuerpo, afectividad, sexualidad, máquinas. Hombre y mujer son modos de socialización concretos, son el nombre de grandes instituciones (y de grandes deseos de institución) pero no son la realidad última, material o unívoca de ninguna subjetividad.

El mundo demoneoliberal suele presentar lo existente en forma de binomios y desde allí formula la posibilidad de realizar síntesis o uniones de contrarios. Pero no hay binomios sino agrupaciones, éxodos, reagenciamientos, diásporas y nuevas articulaciones. Sin duda existe una  proliferación de agrupaciones heterogéneas, pero esto no parece en sí mismo preocupante. Para pensar los fenómenos políticos quizá ya sea momento de alejarse del modelo estatal y pensar la gubernamentalidad algorítmica, en la medida en que nuestro mundo tiene más que ver con el gobierno de las diferencias como diferencias, que con la disciplina ejercida desde un único punto de la trama social sobre todos los demás. Nos gobierna más el deseo de competir y ganar que casi cualquier otra ley.

No basta con señalar el binomio y desestabilizarlo, sino que además es urgente pensar modos de la libertad, maneras prácticas de evitar la aplanadora algorítimica y afirmar lo viviente, como vida que vale la pena vivir. Sabemos que esta no lo es.

 

En su sitio web utilizan la X como reemplazo del masculino genérico, lo cual da pie a la obvia pregunta sobre del denominado “lenguaje inclusivo” y el debate en torno a él: Hay intelectuales como Beatriz Sarlo que apelan a la historia de las lenguas para decir que los grupos de influencia, élites o colectivos no tienen injerencia en el mediano y largo plazo al respecto. Otros son más “indulgentes” y dicen que se trata de generar conciencia, incluso si esos cambios lingüísticos no se establecen. ¿Desde qué perspectiva ven y toman parte de ese proceso?

Las lenguas son instituciones, cristalizaciones mestizas, campos de fuerza entre lo que quiere mutar y lo que pretende no hacerlo. Decir “lenguaje inclusivo” refuerza la asimetría heteropatriarcal, los feminismos no son una minoría que pida permiso para ser incluida en la universalidad (que nunca es universal, sabemos). La visibilización en el lenguaje, maisntream fatal, de mujeres, lesbianas, travestis, transgénero y de las disidencias en general, siempre plantea preguntas políticas. Como suele decir Sandra Aguilar, la correctora incorrecta de Hekht ¿Hasta qué punto nuestra comunidad de lenguaje ha resuelto estos temas? ¿Hasta dónde un texto es legible? ¿qué es posible transformar al traducir, corregir, escribir? ¿cómo y cuándo forzarnos a hablarpensar de otro modo? Estas preguntas no están respondidas y nuestras resoluciones son provisorias. La equis parece potente en la medida en que funciona de manera diversa en la lectura y en la oralidad (donde no funciona), de momento todavía mantiene una incomodidad, una incorrección, una molestia… No se trata de cambiar una letra por otra, sino más bien de implotar (más moderado sería decir erosionar) la gramática como sistema de dominación de lo pensable y de lo vivible.

 

A lo largo de la Historia, muchas veces, las minorías oprimidas se han convertido con el tiempo en mayorías opresoras. Una especie de enroque por medio del cual el sistema, cambiando de rostro, perpetúa y legitima su violencia. Está el ejemplo de los cristianos en el Imperio Romano y del sionismo post-Holocausto. Hace poco, en una entrevista a Pag/12, Rita Segato advirtió: “Que la mujer del futuro no sea el hombre que estamos dejando atrás”. ¿Pensás, basada en esa advertencia y en los antecedentes históricos, que algo similar pudiera suceder con el movimiento feminista y el #MeToo, aunque sea parcialmente?

Este planteo es altamente problemático, es una estrategia infernal, una captura que no podemos aceptar. Creo que hay algunas claves para volverse sobre esta pregunta, claves que siempre serán insuficientes en relación al problema que esta pregunta plantea.

En primer lugar, hay una falacia binaria que consiste en sostener que solo existen hombres y mujeres. Como decíamos recién, esto significa negar la entidad a muchxs que se revelan contra esos modos de socialización, contra los roles y afecciones que esos modos llevan consigo. Como si se tratase de polos de una formulación matemática y no de dos instituciones que pretenden aglutinar todos los modos de vida de los cuerpos. Esta estrategia infernal, como todas, tiene efectos políticos precisos, pensar que se trata de dos términos que podrían sucederse entre ellos en el tiempo, oculta no sólo el hecho de la dominación de uno sobre otro, sino además, la infinita red de resistencias que se ejercen en el campo al que se designa como “de las mujeres” ¿Qué lugar ocupan en esta interpelación todxs aquellxs que sostienen modos de vida resistenciales, modos que no se identifican con ninguna de las dos instituciones que sí son nombradas? Los feminismos son muchos y ahí radica su potencia, no su debilidad. Quizá sea por eso que una y otra vez se intenta simplificarlos.

Por otro lado, se produce aquí la falacia del “exceso”. Los feminismos no son una mayoría en la medida en que no pretenden ocupar el lugar de las instituciones existentes sino transformarlas radicalmente. En esa medida, mujeres, lesbianas, travestis y transgéneros no podrían ocupar “el lugar de los hombres”, porque justamente se pretende acabar con ese lugar. Los feminismos son acontecimentales, no provienen de un programa o de la mesa de negociaciones de algún partido político. Obviamente las capturas insisten sobre ellos, pero creo que hay algo que las excede y las excederá siempre: los feminismos son la manifestación de una fuerza viviente, creativa e indómita que ha encontrado modos de expresión compartidos.

Quienes resisten generan temor, es cierto, hay una larga historia de criminalizaciones en este linaje abyecto. De hecho, creo que establecer una continuidad entre cristianismo, sionismo y feminismo es un error histórico pero también es un modo de criminalización potente. Especialmente porque quienes siguen siendo asesinadas y ultrajadas son las personas que aparecen aquí aparecerían como un peligro “potencial”.

Hace dos meses publicamos un texto sobre las resistencias Defenderse. Una genealogía de la violencia, de Elsa Dorlin, donde se despliega una hipótesis que comparto: desde la esclavitud hasta ahora, cada vez que un grupo se arma y señala la legitimidad de ese armamento, otros grupos son despojados de la fuerza para defender sus propios cuerpos. No se trata de dos grupos enfrentados sino del mecanismo por el cual se priva a ciertos grupos, en este caso, a mujeres, lesbianas, travestis, transexuales y no binaries, del derecho a rechazar la violencia, del derecho elemental de defenderse utilizando la propia fuerza.

En definitiva, ni hay un solo feminismo, ni se trata de un movimiento que desee ser mayoritario dentro del capitalismo, ni se han transformado aún las condiciones en las que se nos mata, empala, golpea, viola y ultraja diariamente de múltiples modos.

 

La pregunta no pretendía, de ninguna manera, trazar un parangón entre Cristianismo, Sionismo y Feminismo sino más bien señalar la posibilidad de una dialéctica víctima/victimario en 3 momentos históricos y contextos diferentes. Pero para formularla de otra manera ¿No crees que los movimientos libertarios puedan, no solo cometer excesos y errar su rumbo, sino además formar parte de una oposición controlada, servir a pesar suyo a agendas y poderes que los preceden y exceden y que se legitiman por medio de sus causas justas? Formulada incluso de una 3º manera podría ser: ¿Por qué crees entonces que feministas como Rita Segato o Camille Paglia insisten en puntos como “no construir un feminismo del enemigo” y en otras críticas al movimiento?

Creo que de algún modo ya se ha venido diciendo hace un momento, pero mi hipótesis es que la dialéctica del amo y del esclavo, es un tipo de discurso teórico que se corresponde con una manera de ejercer el poder: la estrategia binaria. No se puede utilizar como herramienta de análisis porque ella misma imposibilita ver la potencia de lo nuevo, lo que resiste. Se trata de una estrategia, de una trampa, que de antemano condena todo impulso libertario. Es todo lo contrario a un buen análisis, no hay nada que analizar porque, en definitiva, todo está condenado de antemano.

Muchas voces dentro de los feminismos suelen alertar sobre la tentación del binarismo, que no atraviesa solo a los feminismos sino a toda nuestra cultura. El tema sería saber qué armas se cargan, en el cuerpo y en la lengua.

 

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